El aire en la casa de campo de la abuela Elena era un recordatorio constante de la quietud. No había el zumbido de los servidores de la Torre Thorne, ni el murmullo de los guardaespaldas en los pasillos de mármol. Solo el crujido de la madera vieja y el susurro del viento entre los robles. Sofía, envuelta en una bata de seda negra, observaba por la ventana la lluvia fina que comenzaba a caer sobre el valle. Su embarazo, ahora una presencia que dictaba su ritmo vital, la mantenía en un estado de