El silencio que siguió a la tormenta no fue de paz, sino de devastación. En el ático de la Torre Thorne, el aire aún vibraba con la electricidad residual de los rayos y la onda expansiva de una verdad que había tardado veinte años en detonar. Sofía no gritó. No rompió los jarrones de la dinastía Ming ni rasgó las cortinas de seda. Su reacción fue mucho más aterradora para un hombre como Alexander: fue una desconexión absoluta.
Sofía caminó por la habitación con la parsimonia de un espectro. Sus