La lluvia golpeaba con una insistencia melancólica los cristales del estudio privado de Simón Lennox. Era un espacio diseñado para la paz: madera de nogal, libros encuadernados en cuero y el aroma tenue de un café costoso. Pero para Sofía, el lugar se sentía como una sala de interrogatorios.
Simón estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a ella. Su silueta, ahora imponente y revestida con la armadura de los trajes a medida, proyectaba una autoridad que Sofía apenas reconocía. Ya no era el