El comedor de la mansión Thorne estaba bañado por la luz mortecina de un candelabro de plata de ley. La mesa, una superficie de caoba que parecía un lago de aguas profundas y oscuras, estaba dispuesta para cinco comensales. Sofía, vestida con un traje de seda azul noche que acentuaba la palidez de su piel y la frialdad de su mirada, supervisaba los últimos detalles. Ya no había rastro de la mujer cálida que Alexander creía haber rescatado; hoy, Sofía era una estatua de hielo tallada por la trai