La penumbra de la habitación principal en el ático de Alexander Thorne era densa, cargada con el aroma a sándalo, sábanas de hilo egipcio y una victoria que, hasta hacía una hora, sabía a gloria. El silencio solo era interrumpido por el rítmico murmullo de la ciudad de cristal a sus pies y la respiración acompasada de Alexander, quien dormía a medias, con el brazo rodeando la cintura de Sofía en un gesto de posesión protectora.
Sofía, sin embargo, tenía los ojos abiertos de par en par, fijos en