El edificio de Thorne Capital se erigía sobre la ciudad como un monolito de cristal y ambición, pero Sofía había aprendido que los cimientos más oscuros no se encontraban en las salas de juntas iluminadas por leds, sino en las profundidades donde el silicio daba paso al papel amarillento.
Habían pasado tres días desde el mensaje anónimo. Tres días en los que Sofía había perfeccionado su papel de prometida abnegada y entusiasta. Durante el desayuno, entre sorbos de té y caricias fingidas, lanzó