El cementerio de la colina, donde los robles antiguos montaban guardia sobre las lápidas de mármol blanco, estaba bañado por una luz dorada y nostálgica. El aire olía a pino y a tierra húmeda tras una lluvia ligera. Sofía, envuelta en un abrigo de lana color marfil, caminaba del brazo de su hermano Simón hacia el mausoleo de la familia Lennox.
Después de meses de batallas legales, de desahucios emocionales y de la destrucción de los parásitos que habían drenado su vida, este era el momento que