La aurora apenas comenzaba a herir el horizonte con líneas de un azul metálico cuando el convoy negro se detuvo frente al antiguo registro civil. No había alfombras rojas, ni fotógrafos apostados tras las vallas, ni el murmullo de una ciudad que, en pocas horas, se despertaría con la noticia que sacudiría los mercados mundiales. El aire era gélido, una brisa cortante que obligaba a los pocos presentes a subir los cuellos de sus abrigos.
Sofía bajó del coche. Su elección de vestuario era una dec