La escalinata del Palacio de Justicia de la ciudad había desaparecido bajo una marea de cámaras, micrófonos y carteles de protesta. El mundo no solo esperaba un veredicto; esperaba el espectáculo de la caída final de los dioses corporativos. Adentro, el aire estaba viciado, cargado de una tensión eléctrica que recordaba a las grandes tragedias griegas.
Sofía Lennox entró en la sala con una calma que ocultaba el rugido de sus nervios. Vestía de azul oscuro, el color de la sobriedad y la distanci