El cielo sobre el orfanato del Sagrado Corazón se teñía de un azul cobalto, ese tono previo al crepúsculo que hace que tod o parezca suspendido en el tiempo. Por segunda vez en menos de un mes, la paz del recinto se veía interrumpida por el rugido de los motores de la Fundación Lennox. Pero esta vez, el ambiente era distinto. No había la tensión del descubrimiento inicial, sino el bullicio de una alegría que desbordaba los muros de piedra gris.
Los camiones terminaban de descargar la segunda fa