El silencio en el despacho de Alicia Casse en Oxford era más aterrador que cualquier estallido de violencia. Tras la gala en el Ashmolean, la mentora se había retirado a su santuario de roble y libros antiguos, pero la atmósfera ya no era de erudición, sino de una putrefacción inminente. Sofía no solo la había desafiado; había desnudado su alma frente a la élite que Alicia tanto se había esmerado en cultivar.
Con manos que temblaban no de miedo, sino de una furia gélida, Alicia se acercó a su e