El sol de la primavera neoyorquina se filtraba por los inmensos ventanales del ático en el Flatiron District, bañando la estancia en un tono miel que hacía que el cristal, el acero y el hormigón pulido parecieran más cálidos, casi humanos.
Hacía meses que la casona de los bosques no era el único refugio de la familia; este espacio, el hogar que Simón y Gema habían construido con sus propias reglas, se había convertido en el laboratorio donde se destilaba la nueva felicidad de los superviviente