El aire en el refugio temporal de la costa francesa estaba cargado de un presagio metálico. Las luces de Marsella titilaban a lo lejos como brasas de un incendio que se negaba a morir, reflejándose en las aguas oscuras del Mediterráneo.
Dentro de la villa, el silencio solo era interrumpido por el tecleo frenético de Simón y el suave murmullo de Elena, que terminaba de ajustar las correas de los asientos de seguridad de los niños en la furgoneta blindada.
Alexander estaba de pie frente al venta