La casona de los bosques, que durante años había funcionado como una fortaleza de protocolos rígidos y sombras vigilantes, había completado su metamorfosis. Ya no olía a ozono de servidores recalentados ni al cuero rancio de los chalecos tácticos. Ahora, el aire portaba notas de lavanda, madera de cedro y el aroma dulce de la repostería que Sofía insistía en hornear cada mañana.
La luz del sol de finales de febrero entraba con una timidez dorada, iluminando los rincones donde antes se escondía