El invierno neoyorquino de 2026 se despedía con una ventisca que golpeaba con furia los cristales reforzados de la sede central de Fénix Inc. Afuera, la ciudad era un sudario de blanco y gris, un recordatorio de que la naturaleza siempre reclama su espacio, incluso en la capital del mundo. Adentro, en el piso de seguridad y logística, la atmósfera era eléctrica, pero por razones muy distintas a las meteorológicas.
Elena caminaba de un lado a otro frente a los monitores táctiles. Su vientre de n