El aire de los Alpes había sido gélido y puro, pero la atmósfera en la furgoneta táctica mientras cruzaban el Canal de la Mancha era pesada, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. En el centro de la unidad, Alexander y Sofía observaban el mapa digital donde el nombre de Julius Slim acababa de ser tachado con una línea roja definitiva.
—Dos de cuatro —sentenció Sofía, rompiendo el silencio. Su voz era un susurro de seda y acero—. La mitad del veneno