El aire en el interior del búnker principal era una amalgama espesa de polvo de yeso, ozono y el inconfundible aroma metálico de la victoria amarga. Cuando la puerta de titanio se cerró con un estruendo definitivo, el caos del exterior quedó reducido a una vibración sorda que hacía castañear la cristalería fina que aún sobrevivía en las vitrinas.
Alexander Thorne se detuvo en medio de la sala táctica. Sus manos, antes firmes como el acero, temblaban ligeramente mientras soltaba el arma. Estaba