La humedad de los túneles del viejo metro de Nueva York se filtraba en los huesos con una frialdad que nada tenía que ver con la temperatura ambiente. Era la humedad del olvido, de los rincones de la metrópolis que el progreso había dejado atrás hacía un siglo, un laberinto de ladrillo podrido y hierro oxidado que olía a moho y a la salobre cercanía del río Hudson. Pero para la familia Thorne-Lennox, cada bocanada de ese aire rancio y viciado sabía a la libertad más cara de la historia de la hu