La Torre Thorne emitía un quejido estructural, un lamento de metal que parecía venir de las entrañas mismas de la tierra. El humo, ahora más denso y con un olor químico punzante, se arrastraba por los techos como una bestia herida. En las escaleras de emergencia, el descenso era una tortura de hierro. Simón y Gema sostenían el cuerpo masivo de Marcus, cuyos pies golpeaban los peldaños con un eco sordo. Cada paso era una victoria contra la gravedad y la muerte; cada centímetro ganado era un segu