El rugido del Atlántico golpeaba contra los acantilados de la costa uruguaya con una fuerza que a Lysandra le resultaba extrañamente reconfortante. El viento salino le alborotaba el cabello mientras caminaba descalza por la arena húmeda de una playa privada, lejos del ruido de Montevideo y del eco de los gritos de Vania en aquella casa abandonada. Habían pasado semanas desde el secuestro, pero el silencio de la mansión Vanderbilt todavía le pesaba en los hombros. Maximilian caminaba a su lado,