La luz del amanecer en Montevideo entró por los ventanales de la mansión con una claridad que lastimaba. Lysandra se despertó con la sensación de que el mundo, por fin, guardaba silencio. La propuesta de Maximilian en la playa seguía vibrando en su mente, era una idea que antes habría descartado como una locura y que ahora, bajo las sábanas de seda, se sentía como el único norte posible. Se giró para observar a su esposo, quien dormía con una calma que solo mostraba ante ella. El hombre que el