El eco de los aplausos y las notas finales de la orquesta sellaron la felicidad en el jardín de la mansión, pero mientras Lysandra y Maximilian se perdían en su primer baile como esposos, la figura camuflada entre el personal de servicio dio media vuelta en silencio. Aquella sonrisa retorcida que se dibujaba bajo la visera de la gorra no era solo una promesa de odio, sino el preludio del fin de la tregua. La presencia de aquel infiltrado, que observaba con desprecio la opulencia de los Valerius