El portón de hierro de la prisión de máxima seguridad crujió al abrirse, un sonido que Adrián Conte esperó escuchar durante doce inviernos que le devoraron lo que le quedaba de la juventud. Sin embargo, no hubo una caminata triunfal hacia la libertad. El hombre que una vez cruzó las piernas en oficinas de mármol ahora permanecía hundido en una silla de ruedas destartalada, con las piernas inertes cubiertas por una manta raída. Una meningitis mal tratada en la celda de castigo y la humedad de la