La moneda de un centavo todavía quemaba la palma de la mano artrósica de Adrián cuando el dueño de la pensión tiró sus pocas pertenencias a la acera. No hubo preámbulos. El hombre, un tipo de rostro curtido por la falta de paciencia, pateó la silla de ruedas para apartarla de la puerta mientras Beatriz intentaba sujetar una bolsa de plástico con ropa amarillenta.
—¡No pueden hacernos esto! —gritó la tía, quien apenas podía mantenerse en pie por la falta de medicación—. ¡Somos gente decente! ¡Mi