El amanecer en Montevideo no trajo calidez, sino una luz cruda que desnudaba la miseria de los vencidos. Lysandra bajó a la entrada de la clínica, donde la furgoneta blindada esperaba la llegada de las patrullas policiales. Sus pasos eran firmes, decididos, pese a que en su mente tenía frescos los recuerdos del momento en el que Vania cayó a sus pies. Mientras avanzaba ignoraba el ardor de la herida en su cuello, el recordatorio del último acto desesperado de Vania. Frente a ella, los guardias