La madrugada en la mansión de Brickell se había convertido en un espacio de sombras y ecos tras el caos de las sirenas y el despliegue de seguridad, el silencio que quedó era espeso, casi asfixiante.
En la cocina, bajo el brillo de las luces que se reflejaban en el acero, Iván y Alma se encontraban en un universo aparte, uno donde el contrato y las mentiras parecían desdibujarse ante la urgencia de la piel.
Iván regresó de la despensa con un botiquín de primeros auxilios.
Se movía con una econo