La madrugada en Miami Beach no trajo la calma, sino una orquesta de sirenas azules y rojas que barrían rítmicamente las paredes de mármol de la mansión.
El equipo de seguridad privada de los Lockwood, hombres de rostros pétreos y auriculares de comunicación constante, se movía por la propiedad con una eficiencia militar y la policía de Miami ya había tomado declaraciones iniciales, pero para Iván, ellos eran solo ruido de fondo.
Su verdadera preocupación estaba en el informe que acababa de reci