El amanecer en la propiedad de Henry no trajo el alivio que el mensaje de Ricardo prometía.
El cielo se tiñó de un naranja violento, casi sangriento, mientras Alma permanecía en la terraza con el retazo de tela entre los dedos.
La sangre seca de su padre era un recordatorio físico de que la guerra no había terminado, sino que se había transformado en una partida de ajedrez donde las piezas eran seres humanos.
Elena se había quedado dormida en el sofá, agotada por el esfuerzo de mantenerse en pi