Evangeline Olmos.
El eco de mi propia oración pareció flotar en el aire del inmenso salón durante unos minutos, disipando de forma paulatina la pesadez de las lágrimas y la culpa que traía pegada desde la casa de mis padres. Me puse en pie sobre el mármol negro, sintiendo una renovada oleada de determinación en el pecho. Llorar por el pasado no iba a cambiar el hecho de que ahora este era mi territorio, el espacio donde debía aprender a gobernarme a mí misma bajo las directrices del contrato.