Evangeline Olmos.
El orden impecable de la cocina y la despensa abastecida le habían devuelto a la propiedad una falsa sensación de cotidianidad doméstica, pero el tic-tac digital del reloj de la pared me recordó que el tiempo de la tregua se había agotado. La noche ya se había cerrado por completo sobre el distrito financiero, tiñendo los ventanales de un negro profundo que reflejaba las luces titilantes de la ciudad como si fueran estrellas confinadas en el cristal. Un repentino escalofrío m