Evangeline Olmos
El sonido metálico y seco del pestillo al abrirse fue lo único que me devolvió a la realidad del remolque. Maximilian cruzó el umbral con esa elegancia imponente y rígida que lo caracterizaba, cerrando la puerta detrás de sí y dejándome sumida en un silencio denso, alterado únicamente por el zumbido constante y monótono del aire acondicionado provisional. Me quedé apoyada contra el borde del escritorio de metal gris, sintiendo el frío del material colarse a través de la tela