Evangeline Olmos.
El trayecto de regreso en la camioneta ejecutiva fue una tortura silenciosa, un espacio confinado donde el aire acondicionado parecía congelar el ambiente pero no lograba apagar el fuego que me recorría por dentro. Maximilian se sentaba a mi lado, manteniendo una distancia prudencial en el asiento de cuero, pero su presencia era tan imponente que llenaba cada rincón del vehículo. Estaba sumamente serio, con la mandíbula rígida y la mirada gris perdida en el paisaje costero qu