Sus dedos recorren el interior de mis muslos, y siento que la piel se me eriza como si tuviera electricidad corriendo por dentro. Me acaricia con una devoción que me rompe, como si yo fuera algo frágil y sagrado, como si estuviera a punto de entregarme al fuego… y aun así, él fuera a sostenerme dentro de las llamas.
Me observa. Mientras sus grandes manos separan mis muslos con lentitud, tomándose su tiempo para admirarme, y su mirada —esa maldita mirada— se clava entre mis piernas como una prome