Bianca asintió, demasiado agotada para resistirse. Pero cuando entraron al ascensor de la oficina para bajar al restaurante, el destino tuvo otros planes. Con un chirrido metálico, el ascensor se detuvo entre pisos, las luces parpadeando antes de estabilizarse en una penumbra tenue. Bianca jadeó, el frío de la cabina calando sus huesos a través de su ropa deportiva. La falda corta dejaba sus piernas expuestas, y el aire helado la hizo temblar. —¡No puede ser! —murmuró, abrazándose a sí misma mi