El ascensor, una caja de metal fría y estéril, se había convertido en un santuario de deseo prohibido para Bianca Lancaster. Aldric Thornhill la tenía presionada contra la pared, su cuerpo firme y caliente contra el suyo, sus labios devorando los de ella con una hambre que la hacía temblar. Cassian, en todos sus años juntos, solo le había dado besos castos, suaves toques que apenas rozaban la superficie de lo que ella anhelaba. Pero Aldric… oh, Aldric era puro fuego, un infierno que la derretía