El gimnasio privado de la mansión Lancaster estaba impregnado del sonido constante de la cinta de correr. Bianca Lancaster mantenía la vista fija en el panel, el sudor perlándose en su frente, la respiración acompasada pero cargada de tensión. Su cabello castaño rojizo, recogido en una coleta alta, oscilaba rítmicamente con cada zancada. Vestía una camiseta ajustada y una falda corta de licra que se pegaba a su piel húmeda, más por necesidad que por coquetería; el ejercicio era su única válvula