Afuera, el cielo parecía haberse quebrado en mil pedazos. Una tormenta feroz azotaba la mansión, y cada relámpago iluminaba los jardines con una luz blanca y espectral, seguida de truenos que hacían vibrar los cristales. Audrey, desvelada y con el corazón latiendo con el eco de la discusión de la tarde, deambulaba por el pasillo. La casa se sentía inmensa y fría, como un mausoleo de lujo donde ella era la prisionera de turno. Se asomó por el ventanal y confirmó lo que sospechaba: el espacio en