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No debería estarlo. A esa hora, el pelinegro solía estar sumergido en reuniones, pero allí se encontraba, apoyado contra el escritorio de caoba con una rigidez que gritaba peligro. Sus ojos oscuros, cargados de una tormenta que Audrey reconoció de inmediato, la recorrieron de arriba abajo.

—Alessandro... ¿qué haces aquí? —logró decir ella, su voz apenas un hilo. Intentó arreglarse el cabello con un gesto torpe, sintiendo cómo el pulso se le disparaba.

—Me olvidé de unos documentos —respondió él
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