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Minutos después, el silencio de la planta alta se rompió abruptamente. Debido a que la habitación de Alessandro estaba a solo unos metros de la suya, Audrey pudo escuchar el sonido de botas pesadas subiendo las escaleras y la voz agitada de Franco, el jefe de seguridad, llamando al despacho. ​El instinto de supervivencia de ella se activó. Abrió la puerta apenas una rendija y vio al pelinegro salir del despacho, con la camisa aún desaliñada y el rostro tenso.

—¿Qué sucede, Franco?

—Señor. Perd
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