La quietud de la mansión era, para Audrey, una forma sutil de tortura. Cada pasillo alfombrado, cada jarrón costoso y cada silencio orquestado por la servidumbre le recordaban que ya no era dueña de su tiempo ni de su destino. Aquella mañana, tras ver partir el coche que llevaba a los gemelos a su segunda jornada escolar, se refugió en la inmensidad de su habitación. Era un espacio de lujo ofensivo, decorado en tonos marfil y champán, pero para ella no era más que una celda con mejores vistas.