La madrugada aún envolvía la mansión Di Giovanni en un manto de sombras cuando el agudo timbre del móvil perforó el silencio de la habitación. Audrey, que apenas había logrado conciliar un sueño inquieto y fragmentado en el borde de la cama, se incorporó de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. Sus dedos temblorosos torpemente alcanzaron el dispositivo en la mesa de noche.
—¿Marcus? —su voz era un hilo de esperanza y terror.
—Ha despertado, Audrey —la voz de Thorne al otro