El silencio de la mansión Di Giovanni se sentía más gélido que de costumbre cuando Audrey cruzó el umbral. Eran apenas las tres de la mañana y la casa estaba sumida en una quietud sepulcral que solo amplificaba el eco de sus propios pensamientos. Se movió como una autómata, agradeciendo internamente que los niños aún estuvieran en la escuela, ajenos a que su mundo casi se desmorona en un almacén portuario.
Subió las escaleras con las piernas pesadas, sintiendo que cada escalón era una montaña.