Las paredes blancas del pasillo del hospital parecían cerrarse sobre Audrey, asfixiándola con el penetrante olor antiséptico y el zumbido constante de las luces fluorescentes. Sentada en una de las rígidas bancas de metal de la sala de espera, la castaña era la viva imagen de la desolación. Sus manos, aún con rastros de la sangre seca de Alessandro bajo las uñas, temblaban incontrolablemente mientras mordía su pulgar con una ansiedad que le devoraba los nervios.
A pocos metros, Marcus caminaba