Él ya se había quitado la chaqueta y se estaba remangando la camisa blanca. Ella se quedó paralizada un instante; la vista de sus brazos fuertes, con las venas marcadas por el esfuerzo de sacar el gato hidráulico, emanaba una masculinidad tan cruda que Audrey tuvo que obligarse a apartar la mirada.
—¿Quieres que te ayude en algo? —preguntó ella, sintiéndose inútil mientras lo veía arrodillarse sobre el asfalto.
—No. No quiero que te ensucies ni que te lastimes con las herramientas —respondió él