El sol comenzaba a hundirse tras los acantilados de Portofino, bañando el terreno en un matiz violáceo y sombrío. Marco Valenti, con las manos apoyadas en su cinturón de herramientas, observó a la pareja con una mezcla de fascinación y escepticismo.
—Se ha hecho más tarde de lo previsto y el camino de regreso es tedioso con este cansancio —insistió el ingeniero, clavando su mirada en Audrey con una hospitalidad que rayaba en lo personal—. Tengo una casa a diez minutos de aquí. Es espaciosa y el