El repiqueteo incesante de la lluvia contra el cristal de la pequeña ventana era el único sonido que llenaba el vacío de la habitación, un eco rítmico que parecía acompasarse con el latido desbocado en el pecho de Audrey. Sentada al borde de la cama, sentía que el colchón se hundía bajo un peso que no era solo físico, sino emocional. El lugar, con sus paredes de madera y su aroma a resina y chimenea, era acogedor, pero en ese momento se sentía como una jaula de cristal donde la tensión era casi