Esa noche, la habitación del hospital estaba dolorosamente quieta. El único sonido provenía del pitido constante del monitor cardíaco, que se mezclaba con la respiración irregular de Althea. El sueño se negaba a llegar. Su mano temblorosa buscó el teléfono en la mesita de noche.
La noticia seguía pasando en la pantalla, una y otra vez.
Una transmisión en vivo desde la costa turca mostraba olas enormes, fragmentos retorcidos de metal y equipos de rescate sacando pertenencias personales del mar.
—