El cielo sobre el jardín estaba imposiblemente despejado. La luz del sol se filtraba a través del dosel de hojas y esparcía dibujos dorados sobre los pétalos que se mecían con la brisa. Althea estaba sentada en un banco de madera, vestida con un sencillo vestido blanco. Sentía el corazón ligero, en paz, de un modo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
—Hermoso, ¿no?
La voz a su lado era suave, familiar. Althea giró la cabeza y una sonrisa floreció en su cara.
—Chase… —Le tembló la voz—.