—Por aquí, señor.
Uno de los guardias asignados a permanecer al lado de Daven señaló el lugar donde tenían retenido al hombre. Daven siguió caminando con paso firme y seguro mientras Arven, pegado al teléfono, intentaba posponer una reunión que debía empezar en diez minutos.
—¿No ha dicho nada? —preguntó Daven.
—No, señor. —El guardia exhaló en silencio—. Ni siquiera después de presionarlo, hasta hacerle daño. Parece un perro faldero leal.
—Tráeme una camisa limpia —ordenó Daven sin volver la ca