Esta vez la sonrisa se borró de la cara del hombre cuando Daven se levantó, tomó la silla plegable y se la estrelló en la cabeza.
Un grito de dolor resonó. El grito fue brutal, pero nadie se atrevió a acercarse. Y menos cuando Daven parecía un depredador que aún no estaba satisfecho con su presa.
—¿Sigues sin querer hablar?
***
—Llega tarde —lo reprendió uno de los comisionados en cuanto Daven puso un pie en la sala de juntas.
El hombre estaba sentado en el lugar más cercano a la puerta. Como un